Hoy nos habla mi amigo El Mago (y Músico). Hacia tiempo que no nos veíamos, y seguimos sin vernos, pero al menos ya hemos retomado contacto virtual y me escribió un mail contándome lo siguiente, que queda pendiente mientras tomemos unas cañas y filosofemos sobre la vida mientra él me hace elegantes trucos de magia.
Podría ser peor. Podría llover.
Morena fue la mujer de mi vida, por lo menos, durante tres meses. Morena, para asegurar su virtud y su reputación antes de atarme al cabecero de la cama para dejarme suplicando por un Aquarius y algo de azúcar que compensaran mis más que evidentes pérdidas fisiológicas tras nuestras actividades comunes, me preguntó si lo que yo quería era algo duradero o si sólo era fruto de los montes de Málaga, el verano, la piscina y el absenta. No recuerdo si mentí o si me gustaba tanto, pero dije que sí, que quería que aquello durase. Posiblemente en aquel momento yo realmente quería que aquello durase, en parte porque Morena me escuchaba y me daba conversación interesante, en parte porque morena tenía el cuerpo de una modelo y lo apretaba contra el mío, tumbados en un sofá columpio bajo un cielo veraniego de madrugada.
Tres meses duró la pasión. Tres meses de patrocinio de RENFE (regional y cercanías) y de un hotelito cerca de su casa en la costa, con habitación doble y aire acondicionado. Tres meses de agradecer a los dioses que los negocios de la costa no cierren y sobre todo, de agradecer la existencia de máquinas vending con casi todo de lo que puedas necesitar a horas intempestivas. Tras esos meses, comenzó un declive que para mí no era tan evidente como ahora lo veo. Yo tenía un grupo de música por aquella época y dábamos nuestro primer concierto. Como me parecía normal, le pedí que viniera ese fin de semana a hacerme compañía y a verme tocar. Nunca me vio tocar en concierto. De hecho, no he vuelto a verla en persona. La siguiente vez que oí su voz fue tras varias semanas en las que ni la localizaba por internet, ni me cogía el teléfono, ni me llamaba, ni… Yo iba ya prevenido en esa llamada que sí respondió, por lo que lo que estaba a punto de hablarse no iba a ser tan traumático como podría ser sin anestesia. La gente se queja mucho de que fulanito o menganita no tiene corazón, que hizo tal o cual cosa sólo por hacer daño. Yo sólo digo que creo que pasé diez de los peores minutos de mi vida, pero que gané una de las mejores historias que podré contar toda mi vida.
Sucedió lo siguiente. Tras ver que no cogía una de mis enésimas llamadas, mandé un mensaje en el que le pedía que, si bien no quería hablar conmigo y no pensaba decirme el motivo, al menos me diera fe de vida, para que mi enfado no se convirtiera en preocupación innecesariamente. Acto seguido me llama. Os transcribiré el diálogo como si de teatro se tratara, donde transcribo lo que yo digo y lo que yo oigo (no necesariamente lo que ella me dice, ojo al detalle).
YO: Hombre. Por fin.
MORENA: ¿Qué quieres?
YO: Bueno, para empezar, saber que estás viva.
MORENA: Pues ya lo sabes. ¿Tú te crees que es normal la cantidad de llamadas perdidas tuyas que tengo?
YO: ¿Cómo? ¿Te refieres a las llamadas no respondidas durante tres semanas a pesar de que teníamos pendiente vernos… por aquello de que estábamos saliendo?
MORENA: ¿Qué dices? Para mí que tu no te has enterado de nada.
YO: Eso parece.
MORENA: Además, mi situación ha cambiado.
YO: ¿Y eso? ¿Qué ha cambiado?
MORENA: (Suspiro de indignación. Pausa.) Pues que me he echado novio aquí.
YO: ¿Ah, si? Y, ¿Cuándo pensabas decírmelo?
MORENA: Es que yo no tenía por qué decirte nada.
YO: Flipo. ¿Cuánto llevais?
MORENA: Mmm… (Se aleja del micrófono levemente). Nene, ¿cuánto llevamos?
NENE: (de fondo) Mes y medio, ¿no?
Creo recordar que colgué directamente. Así que la próxima vez que penséis en quejaros porque alguien os deja sin previo aviso, o por la distancia, o por otra persona, o de alguna manera muy poco elegante, pensad que podría ser peor; podría ser todo a la vez.
A ellos, también les pasa.